Carta nº 01
Otoño de 2022
Sotoblanco
10 min de lectura
La sequía de 2022 en el secano que llevábamos
La sequía de 2022
El año en que el balance hídrico nos engañó
Carta nº 1 · Otoño de 2022 · Sotoblanco
La campaña 2021-22 fue, en Marchamalo, la cuarta más seca de las últimas diez. Llovieron 370 milímetros. La media es 449. La evapotranspiración no se molestó en ajustarse a la baja: 1.048 milímetros. La planta tuvo que evapotranspirar tres veces lo que cayó, contra todo lo que el suelo guardaba del invierno.
Esto, en abstracto, sé que parece un dato curioso. En el campo significó cosas muy distintas según dónde se mirara, y conviene separarlas desde el principio. Sotoblanco son sus cien hectáreas de regadío, y allí el déficit hídrico de 2022 lo gestionamos con agua: ajustando dotaciones, adelantando riegos, apoyando la planta en los momentos críticos. No fue una campaña cómoda, pero fue una campaña manejada. La finca cerró el ciclo sin sobresaltos graves.
Donde 2022 mordió de verdad fue en otra parte: en las 300 hectáreas de secano que gestionábamos en el mismo pueblo, sin posibilidad de riego. Allí no había agua que ajustar. Allí solo estaban la lluvia que cayó, el suelo que la guardó, y las decisiones que tomamos con la información que teníamos. Y allí cometimos un error que costó cosecha.
Voy a contar esta carta sin maquillarla, porque la utilidad de un cuaderno como este es justo la opuesta: contar también lo que no salió bien, y por qué. La historia que sigue no es de Sotoblanco. Es del secano.
Lo que medimos a tiempo
La parte buena, primero. En el secano teníamos, en 2022, varios años de medición sistemática del suelo, NDVI satelital con cadencia quincenal, y un plan de rotación plurianual en marcha. No estábamos a ciegas.
Sabíamos, desde principios de marzo, que la campaña iba a ser deficitaria: las precipitaciones acumuladas en los primeros seis meses del ciclo agrícola estaban muy por debajo de la media de la serie. La estación SIAR no miente. Los mapas NDVI mostraban un retraso fenológico claro respecto a las campañas anteriores.
Con ese diagnóstico tomamos decisiones que sí funcionaron. Ajustamos la dosis de cobertera del cereal a la baja: el razonamiento era simple, si la planta no va a poder utilizar el nitrógeno de forma eficiente porque el agua no va a acompañar, aplicarlo entero es tirar dinero al suelo. La regla que aprendimos en años anteriores —que en campañas con menos de 350 mm acumulados a finales de febrero hay que descontar en torno al 15-20% de la dosis nominal— evitó sobrefertilizar una parcela que no iba a responder. Y donde el calendario aún lo permitió, sustituimos siembras de cebada por avena, anticipando la mayor capacidad de la avena para cerrar ciclo con menos agua.
Esas decisiones —pequeñas, técnicas, basadas en datos que ya teníamos— compensaron una parte del estrago. Pero solo una parte.
Lo que no medimos a tiempo
Y ahora la parte difícil.
Lo que no medimos a tiempo, en el secano, fue el agua disponible en profundidad. Sí, teníamos análisis de suelo. Sí, teníamos NDVI. Sí, teníamos un balance hídrico calculado desde el ETo y la P de la estación. Pero el balance hídrico calculado es una estimación, no una medición. La realidad es que las sondas capacitivas que el secano necesitaba para leerse bien, en 2022 estaban en un solo punto, y ese punto estaba en una zona con perfil de suelo más profundo que el resto de la explotación.
Cuando la sonda decía que aún había reserva, en otras parcelas la reserva ya se había agotado. Pero como solo teníamos una sonda y mirábamos el dato sin matizarlo por la heterogeneidad del suelo, nos confiamos. En regadío ese error se habría amortiguado con un riego de apoyo. En secano no hay amortiguador: el error llega entero a la planta.
La consecuencia fue un tratamiento foliar perdido. Lo aplicamos en una ventana que, sobre el papel, era razonable: el ETo previsto era moderado, la temperatura no excesiva. Pero el suelo ya estaba seco más allá de lo que la sonda única indicaba, y la planta estaba en estrés más avanzado del que registrábamos. El tratamiento no se absorbió bien, y el cultivo se quedó por debajo de lo que el plan proyectaba.
El golpe se midió después: unos 300 € por hectárea perdidos en aquellas parcelas de secano frente a un año razonable. No es una cifra que tumbe una explotación, pero sí basta para entender de qué orden son las decisiones que se toman con un punto de medición mal calibrado. Y la lección de coste fue la que de verdad importa: lo que se perdió en aquellas parcelas fue mucho más caro que las sondas que faltaban.
Lo que cambiamos a partir de ahí
La conclusión técnica fue obvia, pero conviene escribirla porque importa.
Pasamos, en el secano, de una sonda a cuatro entre 2023 y 2024, distribuidas según el mapa de profundidad de perfil del suelo —lo que el análisis de conductividad eléctrica y las catas de hoyos nos habían dicho que era la heterogeneidad real de la explotación, no la heterogeneidad asumida. La sonda de zona profunda dejó de dictar el calendario de toda la finca; pasó a ser una de cuatro voces que cruzamos.
Pero la lección más importante no fue técnica. Fue metodológica.
Aprendimos que un dato disponible no es lo mismo que un dato calibrado. Tener una sonda no es tener medición; es tener un punto. Para que el dato sirva hay que conocer dónde está colocado, qué representa, contra qué se contrasta. La diferencia entre una operación que mide y una operación que parece medir suele estar exactamente ahí: en la calibración de los puntos de control.
Esta lección, en este oficio, se paga con cosechas perdidas. Es la matrícula.
¿Por qué cuento esto?
Porque la primera tentación, cuando uno construye una dirección técnica nueva, es contar solo lo que sale bien. Es muy fácil. Tenemos cinco años de mejoras medibles, un mosaico de UPs que funciona, una matriz de cultivos que reparte el riesgo, números de ahorro que se sostienen ante una auditoría. Sería sencillo escribir cartas de victoria.
Sería también deshonesto, porque cualquiera que se esté planteando entregar la gestión técnica de su finca a un equipo externo tiene derecho a saber dónde nos hemos equivocado. La pregunta no es si nos hemos equivocado —lo hemos hecho y lo haremos otra vez—. La pregunta es si tenemos un sistema para detectar el error, para medir su tamaño, para corregirlo, y para no repetirlo. Esa es la única definición de dirección técnica que merece el nombre.
La sequía de 2022 fue cara en el secano. Las sondas adicionales costaron una fracción de lo que perdimos. El protocolo de calibración —cruzar siempre al menos tres puntos de medición antes de decidir un tratamiento foliar en condiciones de estrés hídrico— se incorporó como práctica fija en 2023, en el secano y en Sotoblanco por igual, y no ha vuelto a fallar.
Esa es la diferencia entre asesoría y dirección técnica. La asesoría se reescribe entre campañas. La dirección técnica se acumula entre ciclos.
Una nota sobre lo que se viene
La climatología que registró la estación SIAR en 2024-25 fue, por cierto, la opuesta: 604 milímetros, la segunda más lluviosa de la década. Un suelo que cerró el ciclo con reserva, una colza que llenó como esperábamos, un trigo que recuperó margen.
No me consuela demasiado. Las campañas húmedas también tienen sus errores que no medimos a tiempo, y los iremos contando cuando aparezcan. Lo importante —y es lo único que me importa decir en esta segunda Carta— es que el sistema sigue siendo el mismo, dé igual si la finca tiene agua o no la tiene: cuatro lecturas, sostenidas, cruzadas, calibradas. La métrica de éxito no son los años buenos. Son los años malos. Y el secano es donde los años malos no perdonan.
Si tu finca de secano se gestionaba como aquella explotación en 2021 —un punto de medición, el dato mirado sin matizar, el balance hídrico confundido con una sonda—, sabes lo que pasa cuando llega un 2022. Lo digo sin dramatismo, porque la mayoría del campo español está exactamente así. La pregunta es si el siguiente 2022 vas a leerlo a tiempo o no.
La próxima carta está dirigida específicamente a los propietarios que han heredado tierra y la tienen en gestión por terceros. Si conoces a alguien así, considera reenviarle el enlace cuando salga.
— El director técnico, Sotoblanco. Otoño de 2022.
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